Las grietas en el asfalto

Que el café no haya pasado por manos humanas o que el aceite virgen Carbonell se suministre en ampollitas dosificadas ya no tiene importancia.

El McDonald’s de suburbio comparte explanada de asfalto con un hiper chino de suburbio. También comparten coreografía de arbolitos y farolas al tresbolillo –un árbol, una farola, un árbol, una farola— y unas grietas en el asfalto por las que asoman hierbas, naturaleza presta a despuntar en cualquier descuido. Lo decían, cuando yo era pequeña, de las carreteras en el Amazonas: que antes de terminar la obra, ya estaba brotando la selva otra vez. Ahora dudo de que eso fuera cierto; he visto las fotos de Pripyat, la ciudad desalojada por lo de Chernobyl hace 30 años, y el asalto al poder de la naturaleza se limita a zarzas crecidas y árboles sin podar.

 Al otro lado del ventanal, el empleado del chino mordisquea una hierba mientras espera.

El hiper chino también abre a las 9.00 aunque el jefe venga tarde cada mañana. Aparece joven, en vaqueros y la misma camiseta roja de su empleado que, encaramado sobre un murete, salta ligero y se dirige a su encuentro. A parte de por el cochazo, al jefe se le nota su condición en todo lo demás: en la calma con la que se baja del coche; en el manojo de llaves que saca para abrir la tienda; en cómo no saluda a al empleado; en la distancia que éste mantiene tras él.

El empleado es –lo diría Tagore— humilde como un gorrión. Lo observo esperar cada mañana, en lo alto del muro, abrazándose las rodillas, de espaldas al sol y a la calle de coches tras él.

La primera vez que lo vi, yo iba en uno de esos coches. Él estaba sentado en un banco junto a la calle. Solo en la mitad del banco, cruzaba las piernas con contención.  Menudo, con los pómulos marcados, los pantalones y la camiseta le estaban grandes. Tenía la nariz ancha y corta, la cara redonda. No llevaba ningún accesorio, ni reloj: sólo zapatillas, vaqueros y camiseta sobre el cuerpo.

Todo esto lo desmenuzo ahora que traigo su imagen ante mí y la examino con calma. Aquel día, con el coche parado, esperando mi turno para entrar en la rotonda, solamente miraba la mañana y al chino que se sentaba en el banco.

Levantó la vista, sobresaltado: l conductor que yo tenía delante había bajado la ventanilla y llamaba a gritos, desde dentro, a alguien que pasaba por la calle. El de la calle se paró en seco, pero cuando reconoció al del coche, soltó una risotada y se acercó con aspavientos.

Cuando volví a mirarlo, el chino del banco contemplaba la escena y reía también. Parecía muy complacido, como si celebrara el encuentro de los dos amigos, como si aquellos fuesen sus propios amigos. Algo resplandeció a través de las grietas de la realidad. Ahora que lo tengo ante mí, no consigo asirlo. Algo relacionado con que alguien tan lejano, de repente, estuviese allí mismo.

Desde entonces, lo reconocería en cualquier parte y me suelo hacer alguna pregunta sobre él que, al final, resulta absurda, tonta y vulgar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close