Duelo al sol

Cada mañana, llevando a mi hijo al colegio, enfilo una calle orientada al este puro. Si amanece y tienes el sol de frente, es que eso es el este, y en esa calle mi coche, como una flecha en llamas, se lanza directo al corazón del sol naciente.
Como en los cuentos de cazadores piel roja, el sol y yo nos miramos a los ojos. Me armo con la determinación de un hijo de la pradera que sabe que el sol es el sol, pero que hay que ir a muerte. Qué es un apache sin su coraje. Y como en esos cuentos, el sol siempre gana. No importa cuántas viseras baje, cuán oscuras sean mis gafas, el coche se me llena de sol, explota a mi alrededor y me deja fuera de juego. ‘¡No veo ni torta!’ aúllo, las pupilas aturdidas, mientras recorro a tientas los metros de la calle hacia el sol.

El coche se llena de sol, explota a mi alrededor y me deja fuera de juego.

En esos metros ciegos es donde menos dueña de mí soy cada día, cada día tengo un duelo con el sol y cada día me aplasta. Pero hoy, además, ha habido un segundo duelo. En esa calleja en llamas y sin aceras, salía de su casa un hombre anciano con andador. Apenas lo he intuido, he tenido que dar un volantazo para no arrollarlo.
Me ha maldecido con el puño en alto. Y conmigo, a todos los malditos conductores que estorbamos por donde no hace tanto —parece que fue ayer— jugaba y festejaba sin molestias. Este anciano alto y de rasgos marcados ha perjurado con fiereza, con sorprendente vigor. Así, inesperadamente, en la aguda luz de la mañana, algo ha brillado más que el sol. En su gesto sobre el andador, en la manera de agarrarlo, en el vértigo al soltarse para abroncarme, ha centelleado nítidamente, la carga de la vejez en el hombre. También él se enfrenta a un duelo superior cada día.
Más tarde, tras dejar a mi hijo en su patio bullicioso, he reconocido la orgullosa figura sobre el andador, a unos metros del primer encuentro. Movía un pie detrás de otro, en un manifiesto de coraje humano. Cuánta fortaleza se exige al término de nuestra vida.
Como cada día, el sol de la mañana me ha vencido sin remedio. Hoy, sin embargo, es ante el hombre anciano ante quien me he inclinado. Qué es un apache sin su coraje.

Puntuación: 3 de 5.

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