La montaña blanca

Me gusta el café desde siempre. En sentido contrario a las agujas del reloj, empecé tomándolo solo y con el tiempo, le fui añadiendo leche. Con todo, algo del primer espíritu prevalece cuando sigo prefiriendo el sabor pardo del café sin azúcar.

A lo largo del día hay muchos cafés, pero ninguno como el primero, cuando aún es de noche y sólo un escueto círculo de luz proyectado sobre la mesa abre la oscuridad. El foco ilumina mis manos y el café frente a mí. En el límite con la penumbra, adentrándose ya en ella, queda el azucarero, en ese margen irreal en el que lo miro con intensidad. Me fascina el brillo nevado de su montaña de azúcar. Es un paisaje muy familiar, es la montaña blanca, y mi bisabuelo, vestido de indiano, camina trabajosamente por su cumbrera.

Traje blanco, sombrero blanco, barba blanca contra el cielo blanco.

Se ha hecho de noche y lo ha sorprendido la ventisca. Traje blanco, sombrero blanco, barba blanca contra el cielo blanco. Apenas se distingue su flaca figura inclinada contra el viento, sólo destaca el estuche de violín que lleva en la mano. No piensa ni se arrepiente, solo camina un paso tras otro.

Hace el camino que tantas veces ha anticipado en América. ‘Dejaré la valija en el puerto, iré a casa andando por el monte. Sí, eso haré’. Las estrellas brillan limpias encima de las nubes. Él lo sabe mientras se arrebuja en el lino del traje. Sus mocasines helados pisan tierra santa.

Lo veo alcanzar la cima. El viento se ha detenido por completo y la calma se apodera de la noche. El aire es un cuchillo de hielo que corta la distancia y le trae, desde abajo, las primeras luces del valle.

Se ilusiona, se apresura y por eso, pierde el equilibrio. Cae rodando por la redonda ladera de la montaña de azúcar. Se suceden los brazos y las piernas, agarra fuerte el violín. Cae cientos de metros, se golpea con todo, y piensa en su madre.

El día clarea cuando lo encuentran los pastores del valle, sacudiéndose la nieve de encima. El foco sobre la mesa ha perdido intensidad y contorno. La habitación se ha llenado de objetos y el azucarero es ya evidente. Al pie de la montaña blanca, queda el oscuro estuche, desvencijado y vacío. Mi bisabuelo, vestido de indiano, se aleja tocando el violín.

Puntuación: 5 de 5.