Leo no quiere

Un cuento para niños determinados

Leo vivía en una bonita casa con mamá y papá. Tenía un muñeco favorito, León, que lo acompañaba a todas partes. Y tenía una frase favorita que, también, lo acompañaba a todas partes. Esa frase era ‘¡no quiero!’. “No quiero esto”; “no quiero lo otro”… Leo se pasaba el día no queriendo.

Leo se pasaba el día no queriendo

Le parecía que siempre le estaban mandando cosas que eran un fastidio: levántate; acuéstate; lávate; péinate; ve al colegio; comete eso… y estaba harto. Sólo tenía una respuesta: “¡No quiero!”. En realidad, no le servía de mucho porque mamá y papá acababan enfadándose y se convertían en ogros con la boca muy negra, su casa se transformaba en un castillo maléfico con rayos y truenos por dentro y, al final, después de muchas carreras por el pasillo, Leo acababa haciendo lo que le mandaban.

Una mañana, Leo escuchaba los sonidos de su casa con los ojos aún cerrados y olía el desayuno. ¡Mmmm…qué bien se estaba en la cama calentito! Oyó a su madre que lo llamaba desde la cocina:

—¡Leo, a levantarse!

Leo, que siempre dormía con León, lo apretó fuerte y abrió la boca para decir ‘¡no quiero!’ pero se contuvo: se le acababa de ocurrir una gran idea. Se quitó el pijama, se lo puso a León, lo arropó bajo las sábanas y él se escondió.

Desde su escondite, vio que mamá llegaba y pensando que León era Leo, le dio besos y le hizo cosquillitas para levantarlo. Eso no le gustó mucho a Leo.

Después vino papá y llevó a León a lavarse y peinarse. Con la espuma de jabón le hizo bigotes de señor antiguo y jugó a ponerle los pelos de punta como si le hubiese dado un calambre. Eso tampoco le gustó a Leo, pero cuando oyó que se llevaban a León al colegio, bueno, ahí sí que se puso más contento.

Al volver del colegio, León traía la mochila llena de dibujos fantásticos para enseñar a papá y a mamá. Estuvieron los tres, un buen rato, mirándolos y escogiendo cuál colgarían de la pared. Eso a Leo no le gustó nada.

Por la noche, Leo ya estaba un poco harto de estar solo y escondido, y ni siquiera se alegró cuando a León le pusieron espinacas para cenar porque papá les dio forma de serpiente mortal para que León la atacara a mordiscos. A Leo entonces le entraron ganas de llorar.

Cuando llegó la hora de irse a dormir, la casa estaba muy tranquila con las luces bajitas. Papá puso el pijama a León, le limpió los dientes y mamá, desde la habitación, llamó:

—¿Quién viene a la cama a leer un cuento…?

Leo no lo pensó: como un torbellino, salió corriendo de su escondite y gritó:

—¡Yooooo! ¡Yo quiero! ¡YO QUIERO!

Mamá y papá lo recibieron con los brazos abiertos y lo abrazaron muy fuerte. ¡Leo había aprendido a querer! Después, lo llevaron a la cama, le leyeron un cuento precioso y lo arroparon con su amigo León que ya, desde entonces, prefirió dormir con pijama.

Puntuación: 5 de 5.

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