Suerte

Un cuento de Navidad

Ya es una suerte encontrar un buen título para un cuento, cuánto más si es Navidad y el cuento que estás a punto de escribir (y leer) es un cuento de Navidad. Es de lo mejor, es inmejorable. Una suerte mayúscula. Antes de arrancar, diré que es un cuento por encargo. Es de alguien que tiene mucho arte aunque no se lo cree —qué mala suerte la suya—, pero qué suerte la mía que lo haya puesto en mis manos para que lo cuente lo mejor que pueda. Allá vamos pues.

Paco era un buen hombre que tenía un trabajo, una novia y un perro. La novia bien, el perro bien, pero el trabajo era en un monte feo a las afueras de la ciudad. Cada día subía con su coche vejete cuesta arriba, hasta una aldea en tierra de nadie. Monte arriba a trabajar, monte abajo a su casa. Qué se le va a hacer, algunos trabajan cerca de donde viven y pueden ir andando; otros, en pleno centro y se pueden tomar un café con periódico antes de empezar; y otros, como Paco, tenía que subir al monte cada día porque allí es donde alguien había dicho ‘este es un buen sitio’. Y ese era el sitio al que iba Paco cada día. Ni campo ni ciudad, ni chicha ni limoná; un lugar de esos que tienden a ser feos, de los que te dan ganas de marcharte enseguida, pero que, si los miras bien, a lo mejor encuentras cosas valiosas que no se encuentran ni en el campo ni en la ciudad, ni en la chicha ni en la limoná. Así le pasó a nuestro Paco.

Monte arriba a trabajar, monte abajo a su casa.  Cada día subía con su coche vejete cuesta arriba, hasta una aldea en tierra de nadie.

Tanto ir cada día, Paco conocía bien las casas que se hacían por allí los que tenían algún dinero, aunque no el suficiente; las aceras que se mezclaban con el bosque de eucalipto; los montones de cascotes de obra que los albañiles furtivos vertían allí como quien mete lo barrido debajo de la alfombra; y, sobre todo, conocía bien a los perros callejeros que campaban por aquellos andurriales. Paco se fijaba mucho en estos perros. No en vano era un hombre con perro y a los hombres con perro les pasa lo mismo que a los hombres con hijos, que los miran de otra forma. Eso le pasaba a Paco, que se paraba a mirar a aquellos perros sucios y flacos, e, inevitablemente, los comparaba con su perro en la ciudad, tan confortablemente instalado. De todos modos, alguna buena suerte les sonreía a aquellos perros dado que les habían construido una especie de poblado con cajas y tenían comederos desperdigados entre los cartones. Al parecer, oyó un día en el trabajo, los niños de las casas un poco caras jugaban a cuidarlos. Que les llevaban comida y mantas, decían. ¿Mantas a los perros? Pues sí, por esas cosas que se ven en la tele. ¿Y la comida? ¿sería arroz y pollo? Ni hablar, más bien galletas, macarrones crudos y chicle. Seguro que los perros y los niños eran buenos amigos. Tan seguro como que a los padres no les haría ni pizca de gracia cuando se enteraran.

De todos modos, aquellos perros parecían capaces de arreglárselas perfectamente. Formaban una especie de sociedad en la que cada cual tenía su lugar. Paco los tenía calados. Su ojo observador los distinguía perfectamente a distancia. Los había grandes y pequeños, feúchos y alguno con más gracia, pero de todos aquellos, tenía a dos favoritos en su corazón: uno guapo y lisiado, y uno feo y leal. Formaban una pareja dispar, pero bonita a la vez. Siempre iban rezagados del grupo. El lisiado arrastraba con dificultad sus patas traseras, un mal atropello parecía aquello. El otro, bajito y rechoncho, lo acompañaba. De alguna manera, le pareció a Paco, el perro feo protegía al bello y desafortunado, lo tenía bajo su protección. Qué hermosa suerte ¿no?

Ocurrió que el perro de Paco, en la ciudad, enfermó de una enfermedad que de mala fue a peor. Paco y su novia se desvivieron. De casa al monte, del monte a casa; de casa al veterinario y del veterinario a casa. Así pasaron aquellos días de gran preocupación, durmiendo poco y sufriendo mucho, pero la situación no mejoró. Por fin, una noche crítica, de angustiosa incertidumbre, Paco hizo una promesa: si su perro vivía, iría al monte, buscaría al perro lisiado y le procuraría los mejores cuidados para que caminara bien. Y como los milagros están siempre a punto de ocurrir, aquella noche el perro sobrevivió. Y Paco cumplió su promesa: fue al monte, recogió al perro lisiado y lo llevó al veterinario.

—Habrá que operarlo —dijo el veterinario.

—Lo que haga falta —respondió Paco.

—¿Tú te ocuparás de él? —preguntó en veterinario.

—Sí, me lo llevaré a casa —respondió Paco.

—Vamos a abrirle una ficha —dijo el veterinario—. ¿Nombre?

—Paco —dijo Paco.

—El tuyo no, hombre —dijo el veterinario.

—Ah, pues…—dudó Paco—. No sé…

—Le pondremos Suerte —respondió el veterinario, palmeando el hombro de Paco—, que vaya suerte ha tenido este perro.

La operación fue muy bien, Paco cuidó de Suerte con esmero, y Suerte, gracias a las atenciones de su benefactor, las comidas llenas de vitaminas caninas y los champús para pelos bonitos, floreció como el precioso perro que ya se veía venir que iba a ser. Qué porte, qué altura, qué pelaje, decían los amigos de Paco a todas horas. Suerte brillaba como una moneda nueva. Algún tiempo después, y por las cosas de la vida, Paco perdió definitivamente a su primer perro y a su novia también. Entonces, Suerte se convirtió en su amigo leal y compañero de vida.

Paco, como nos pasa a todos los trabajadores, a pesar de lo extraordinario de estos acontecimientos, tenía que seguir yendo a trabajar cada día, como si nada. Así es la vida ordinaria, ciega a lo importante. En sus idas y venidas, Paco seguía viendo a la cuadrilla de perros callejeros, antiguos compinches de su flamante Suerte. Nuestro amigo que, además de bueno, era un hombre sensible y atento a lo que pasa en el mundo, empezó a preguntarse: ¿no echaría en falta su perro a sus amigos?;¿no le pasaría a él si dejara de ver a los suyos? y ¿no son, acaso, los perros seres de afectos tan enraizados, o más, que las personas? Paco lo vio claro: no podía separar a Suerte de sus amigos. Lo llevaría a visitarlos cada semana, estaba decidido. Qué sorpresa le aguardaba.

El día que Paco llevó a Suerte al monte, el perro se comportó como un turista, como un sueco en un polígono industrial.  Los otros tampoco parecieron reconocerlo, lo miraron con extrañeza, ‘¿quién es este?’ parecían preguntarse. A punto estaba Paco de consultar la Guía para perros que vuelven a sus orígenes, cuando apareció el perro bajito y feo. Se abrió paso entre los otros con dignidad. Aquel perro era ‘alguien’ en la comunidad callejera. Pareció contento de ver a Suerte y se le acercó a paso ligero, lleno de familiaridad. Entonces vino lo más extraordinario: Suerte miró a su antiguo protector con indiferencia y después, le dio la espalda. Pocas veces un gesto ha sido más elocuente. Paco captó el mensaje a la perfección: Suerte ya no tenía nada con su antigua vida, se había reencarnado en un perro de ciudad, aquel no era su sitio, no quería nada con aquellos chuchos. La vida es así, para las personas y, al parecer, para los perros también. Paco comprendió, se llevó a Suerte de vuelta a la vida de ciudad y nunca más lo llevó al monte. Quiso la fortuna que Suerte disfrutase su nueva vida unos pocos años más antes de que una enfermedad fulminante se llevase su buena estrella a otra galaxia. Paco quedó afligido y solo otra vez. Qué pena, le decían los amigos, con lo bonito que era.

Monte arriba y monte abajo siguió Paco transitando cada día como transitamos todos los que estamos atados a la noria laboral. Veía los eucaliptos mezclados con los cascotes, las casetas de los perros y, en ocasiones, a los perros. Siempre se quedaba mirando al perro feúcho, el antiguo protector de Suerte, que se había descubierto como un perro tan leal. ¿Sabría que su antiguo protegido había muerto?, se preguntaba Paco, ¿tienen los perros esas intuiciones? Se oyen historias tan extraordinarias sobre prodigios caninos… Paco decidió pararse un día y, de alguna manera, entablar contacto con aquel perro especial. Ni asomo de oportunidad, no hubo manera. El perro no dejó que se le acercara ni un paso. En vano adoptó Paco el gesto más amable, el tono más cordial. Le recordó quién era, el que había recogido a Suerte, ¿se acordaba? Pero el perro se mantuvo a distancia, serio, vigilante. Miró a Paco desde lejos y se marchó.

Resulta que Paco, a pesar de trabajar lejos de los confortables bares del centro donde te tomas un café y te ponen un churro para que mires la vida con una sonrisa, trabajaba cerca de una tasca de la aldea donde se tomaba un café malo, rodeado de toscos paisanos que hablaban como si tuviesen la boca llena de piedras. Paco se debía recordar a menudo que las estrellas brillan en la oscuridad. Una mañana de diciembre, qué frío hacía en aquella tasca, escuchó una conversación. Un comepiedras le decía a otro que los de las casas un poco caras habían decidido acabar con aquellos perros que cualquier día iban a morder a algún niño un poco caro y entonces iban a tener un disgusto y que luego iban a ser todo lamentos y ay, teníamos que haberlo hecho antes. Paco se envaró. Y qué van a hacer, preguntó uno. Y qué más da, dijo el otro. Aquella mañana, Paco, además del café malo, se tragó un sapo negro. Los siguientes días transcurrieron con normalidad. Aunque Paco subía al monte con aprensión, encontraba todo como siempre: los cascotes, los eucaliptos, los perros, las casetas. Todo un poco mezclado como siempre. Tal vez aquel aldeano había entendido mal, tal vez los de las casas habían dejado de darle importancia al asunto. Paco se tranquilizó.

Pero una mañana helada, al llegar a lo alto de la loma, desde donde mejor se ve la ciudad, Paco se dio de bruces con un escenario de devastación. Donde antes habían estado las torpes construcciones de los niños, los comederos para los perros, las chozas de cartón, aquella mañana reinaba el caos y la destrucción. Todo roto, deshecho y pisado, como si un huracán de ira y desprecio hubiese pasado por allí. En realidad, era eso exactamente lo que había pasado. Y de los perros, ni rastro. A Paco se le paró el corazón. Se bajó del coche consternado, preparándose para lamentar lo que iba a encontrar. Con el alma en vilo, entre bocanadas de vaho congelado, empezó a buscar. ¿Qué buscaba? nada ¿A quién, entonces? al perrucho ¿Al bajito, feo y regordete? sí, a ese. De repente, Paco no soportaba que le hubiese ocurrido algo. De repente estaba desesperado por encontrarlo, ¿qué le había pasado? ¿dónde estaba?. Removió los cartones, miró debajo de los tableros, empezó a llamarlo entre los árboles. “¡Pancho! ¡Pancho!”. ¿Pancho? ¿Por qué Pancho? Que lo llamara así es un misterio que ni Paco comprende. A veces, en nuestro interior se fraguan realidades propias, ajenas a nuestro entendimiento. Paco llamó mucho a Pancho y lo buscó mucho también, pero Pancho no apareció y Paco, desmoralizado, desistió. Se avergonzó un poco de sí mismo, ¿qué estaba haciendo, buscando un perro callejero entre los escombros? Lo único que iba a encontrar era una pulmonía. Se sintió un tarado. Mejor sería que fuese al trabajo y se olvidase un poco de las estrellas. Volvió al coche. Estas cosas, ya se sabe, ahí están, a punto, y allí estaba Pancho, esperando a Paco junto al coche. Qué sorpresa. Qué emoción.

No hicieron falta explicaciones, ni ademanes, ni nada. Paco abrió la puerta y Pancho saltó dentro. Paco puso en marcha el coche y Pancho se acomodó en el asiento de al lado. Paco miró a Pancho y Pancho puso la cabeza en su mano. Así, emprendieron el viaje a casa mientras los primeros copos de nieve empezaban a caer.

Aquí acaba este cuento de Navidad que no es mío, ni de la artista que piensa que no lo es, sino de Paco y de Pancho que viven su vida en este mundo en el que las estrellas brillan en la oscuridad. Yo no he puesto nada, ni he arreglado, ni he inventado, porque esta belleza es inmejorable. Es la belleza de la bondad y la lealtad. Es la belleza de la verdadera buena suerte.

Puntuación: 5 de 5.

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